Bolas de Fuego│por Bauer Luis

No podía creerlo. Lo que pensaba insólito terminó ocurriendo. Me sorprendió, de manera tal qué pensaba que era un sueño, una pesadilla. Se había hablado tanto semanas anteriores de este suceso. Jamás creí una sola palabra de lo que se dijo. ¿Ver para creer? Estaba ocurriendo, era partícipe del fin del mundo. El cielo se tornaba color anaranjado, oscureciéndose cada vez más y más. Un viento fuerte y muy caliente que recorría cada parte del planeta. Y cada vez con mayor potencia. Las plantas secas se prendían fuego, no lograban resistir esta ola de calor. Las personas gritaban, lloraban, corrían. Las madres desesperadas cargando a sus hijos. Algunos, aunque muy pocos, se encontraban más calmos. Se reunían entre seres cercanos y dejaban que todo sucediera. ¿Qué podían hacer? No había escapatoria. Eran conscientes de ello y se disponían a disfrutar sus últimos momentos de vida. Sus últimos instantes. Por mi parte, estaba tranquilo. Tampoco nada podía hacer, pero tenía como objetivo permanecer con vida el mayor tiempo posible. Les había dicho a cada uno de mis familiares que estén tranquilos y que cada uno disfrute el poco tiempo que restaba a su manera. Que hicieran lo que quisieran, era el momento para hacer aquelllo que jamás se animaron. Aquello prohibido. El momento justo para hacer maldades, travesuras, locuras, demencias, etc. Los saludé, un beso a cada uno de ellos le di. Le dije lo tanto que los quería y emprendí mi viaje.

Bola de fuego

Marché hacia el centro de la ciudad. Sólo tuve que caminar unas cuatro cuadras. Al primer hombre que crucé, lo frené bruscamente. Bajaba de su BMW. Estaba muy asustado por la situación que se estaba viviendo. Sin embargo, cuando le pedí la llave de su auto se negó a entregármelas. Sus horas de vida estaban contadas y él se preocupaba por su auto. Le volví a pedir las llaves, esta vez con mayor agresividad. Se negó e intentó huir. Rápidamente saqué mi pistola. No hizo falta siquiera desactivar el seguro de la misma, este pobre hombre automáticamente cesó su huida, dio media vuelta y soltó las llaves. Agarré el pedazo de metal dorado y le dije: “vete, disfruta tus últimos momentos”. No tenía nada en contra de este pobre señor. Simplemente quería un automóvil, y él fue al primero que encontré.

Desde Buenos Aires me dirigí hacia el sur en el BMW. Sin un destino fijo, sólo ir en dirección al sur de mi país. Cada pueblo y ciudad que recorría era un caos. Iba manejando por las calles tocando bocina. No frenaba, la gente debía hacerse a un lado. No había ley, no había delitos. ¿Qué me harían por atropellar a alguien? Nada. En una de estas aceleradas brutas escuché el grito de un hombre enojado porque a punto estuve de atropellarlo: “¡maldito hijo de perra, vete al diablo malparido! Ni lo pensé y clavé los frenos. Bajé del auto, apunté y “pum”. La bala le impactó en su pecho. Quedó muy herido en el pavimento. No se que habrá sido de él. Sabía que no estaba haciendo las cosas bien, pero me estaba divirtiendo.

Ni bien tomé nuevamente ruta, al salir del pueblo dónde le disparé a ese pobre hombre, escuché un estallido que me aturdió por unos cuántos minutos. Mire hacia atrás y todo era fuego ardiendo. El pueblo completo había desaparecido.“¿Una bola de fuego gigante?” -me pregunté-. “Quizá” -me respondí-. Estaba asustado, sentía que aún no tenía que morir. Aceleré a fondo, hasta más no poder. El velocímetro marcaba 210 km. Estaba oscureciendo cada vez más, pero siempre manteniendo un tono anaranjado. Pasó más de una hora y nada ocurría. Estaba transpirando muchísimo. El calor del ambiente era insoportable. Frené en una gasolinera a cargar combustible y tomar algún refresco. Rompí el vidrio del almacén y robé, si es que se puede decir así, diez botellitas de Pepsi. Abrí una y la terminé en 30 segundos. Fue tan placentero sentir como se hidrató mi cuerpo en cuestión de segundos.

Seguía rumbo a ningún lugar específico, rumbo al sur de Argentina. De repente pude visualizar, delante de mi, unos pequeños puntos amarillos en el cielo. Se encontraban quizá a unos cuántos kilómetros, pero eran tan brillantes que era imposible no visualizarlos. Se veían hermosos. Se acercaban cada vez más, su velocidad era tremenda. Su tamaño era cada vez mayor para mis ojos. Frené el auto. Me dispuse a observar cómo se acercaban a suelo terrestre. Logré deducir que caerían lejos de mi, estaba fuera de peligro mientras mantuviera esta posición. ¡”Pum, pum, pum, pum, pum…”! Tal como lo pensé, explotaron varios kilómetros por delante de dónde yo me encontraba… Ni bien chocó esta lluvia de bolitas de fuego en la Tierra, comenzaron a llover más y más. Todo era un caos. Nada me importó, aceleré. Fueron grandes sectores de campo que se habían convertido en fuego ardiente. Ya no era posible esquivar o predecir nada. Estas bolitas caían con mayor frecuencia y velocidad por todas partes. Si bien era raro que cayeran en conjunto, dejaban agujeros importanes en cada lugar que explotaban. La ruta poseía ya muchos de estos agujeros, y las pequeñas bolas de fuego pasaban muy cerca de mi auto. En cualquier momento podría dejar de existir. Mi momento de irme se acercaba.

Transpirado por completo y sin bajar la velocidad, encendí un cigarrilo. Sería, quizá, el último que mis labios besarían. Una pitada, dos pitadas. Lentas, suaves. Estaba disfrutando el pitillo. El apocalipsis se acercaba a pasos gigantes. Mi fin ya era un hecho. ¡”Puuuuuuuuuuuuuuum”! y ardió el auto en su parte trasera. Una de estas pequeñas bolas de fuego impactó sobre la mitad mas atrasada del auto, sobre el lado izquierdo. Detrás de mi butaca de conductor. Mi brazo derecho ardía, era carne viva. El fuego había causado una fiebre inmensa en el mismo. Lo sentía muerto, el dolor y ardor no dejaba que el mismo reaccione. No podía cambiar de marcha, debía cruzar el brazo izquierda para poder utilizar la palanca de cambios. Estaba dolorido, con calor… Era mi final. Si no moría a causa de uno de estos círculos calientes, moriría de dolor. Me sentía muy mal. Estaba rendido, entregado. Ya no quería seguir. Frené y bajé del coche. Me acosté boca arriba mirando el cielo en el medio de la ruta. Podía ver infinidad de puntos amarillos brillantes. Cada uno de ellos era una pequeña bola de fuego que impactaría en la Tierra. Increiblemente y por desgracia, ninguna caía sobre mi. Ya no quería vivir más, el dolor era inaguantable. Tampoco quería suicidarme, quería ser un privilegiado más de haber muerto a causa del famoso fin del mundo. Dolorido, muy dolorido, cerraba y abría los ojos de a ratos, esperando mi momento. En una de esas tantas aperturas de ojos, pude ver frente a mi lo que sería mi final. Sonreí instantáneamente y veía su aproximación. Su velocidad era extrema. La bola gigante de fuego venía hacia mi, hacia la Tierra entera. Estaba muy conforme conmigo, habría cumplido mi objetivo de ser uno de los últimos hombres en morir. Se acercaba la bola, se acercaba muy rápido… Todo se iluminó, su luz era alucinante. Venía hacia mi, rápido, muy rápido. Y “¡puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum!”.

Desperté de mi pesadilla. Muy asustado por cierto. Me levanté, tomé un vaso de agua y volví a la cama. Aún estaba con mucho sueño.

FIN

Cómo podrás haber notado, este es un simple cuento de mi autoría. No pretendo nada con él. No soy escritor profesional, sólo un aficionado a la escritura. Decidí que algo refiriéndose al fin del mundo debía publicar. ¿Por qué no escribir unas cuántas líneas y lograr un cuento?

Espero que te guste, un saludo.

 

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